Quedar varado en estas latitudes es toda una aventura posible y necesaria. Quedar varado puede ser también una forma de permanecer y descubrir. Entre el fuego del calor familiar y espiritual, el mate, el viento y el mar aparecen otras maneras de sentir, pensar y habitar el archipiélago de Chiloé.
Por: Jaime Ibacache Burgos, médico de salud colectiva en Archipiélago de Chiloe
Email: jibakatxe@gmail.com
Instagram @jibakatxe
11 de agosto de 2026
En isla Alao las casas construidas sobre piedras parecen lanchas varadas que se mecen al viento sur. Sus tripulantes están siempre sentados junto al fuego, hablan idiomas del senti-pensar a veces tan complejos de comprender y que dan cuenta de una cosmovisión donde los conceptos de “buen vivir”, “desarrollo”, “salud”, “muerte” y otros , son tan de sentido común que cualquier pregunta al respecto es respondida con una sonrisa pícara y el ofrecimiento de un mate. Entonces, uno queda medio perplejo sin saber si está haciendo el ridículo o la diversidad del sentir y pensar es tan variada en este maritorio chilote que nos interpelará cada vez que lleguemos con ideas preconcebidas.
Doña Blanca vive en una de estas casas varadas sobre cuatro enormes piedras. Las tablas del exterior de la casa tienen esos colores verde musgo que traen al pensamiento las lluvias oblicuas permanentes y ese sol matinal luminoso de octubre. Sus dos hijos de ojos negros enormes pestañean preguntas y su madre Doña Mercedes me mira con un ojo medio caído y balbucea palabras mágicas que poco entiendo. No es ni mapudungun ni castellano el que ella habla, es una mezcla de sonidos que evocan los elementos de la naturaleza y sus seres.
Hace un calor inmenso en el interior de la casa. Una tetera humea en la cocina a leña que devora y devora leños . “Hay que tener harto calor para que se cocine bien el pan pue´h! ”- me dice doña Blanca. Dos gatos duermen en el flojero , mientras la tarde se comienza a ir por detrás de los arrayanes que dan al mar. Me da frío mirar los dibujos del viento sobre las olas.
El flojero es el artilugio más desafiante del Archipiélago de Chiloé. Siempre amable, siempre tibio, siempre invitándonos a viajar. Es una nave ancestral y secreta estacionada siempre detrás de la cocina a leña y que se activa de manera increíble cuando uno se recuesta en él. Uno cierra los ojos y la nave despega hacia otras dimensiones del espíritu.
Esa tarde me tendí allí, cerré los ojos y por algunos instantes sentí que viajaba a favor del viento sur por encima de pequeñas casitas y los campos arados a buey ya preparados para la siembra. Una bandada de choroyes me adelantó gritando algo así como …” ya hay manzanas, ya hay manzanas”.
Doña Mercedes me despierta cuando abre la puerta del horno de la cocina para dar vueltas una gran tortilla y exclamar algunas palabras claves para los jugos gástricos. Luego ella sale rápidamente de la cocina y bajando una pequeña escalera se desliza como levitando sobre el terreno verde amarillento, llega a un gallinero y recoge varios huevos azules . Un peuco pasa volando rasante y una gallina cacarea mientras bajo sus alas protege a sus pollitos.
Comienza a circular un mate y nos quedamos varados allí.-
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