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martes, mayo 19, 2026

Prat y Millacura: Las vidas paralelas de los héroes de mayo

Juan Millacura, por su parte, escapó de su casa a temprana edad y se enroló en la Armada. Se dice que fue entonces cuando cambió su apellido por el de Bravo; algunos investigadores señalan que su padre era Millacura, pero él decidió adoptar el nuevo apelativo. No fue el único soldado mapuche en las filas de la época, pero sí uno de los más destacados.


Por Álvaro Vogel Vallespir Historiador – Profesor de Historia
19 de mayo de 2026


Siempre se habla de Arturo Prat en mayo —y con justicia—, pues es el héroe que unificó al país tras la gesta del Pacífico. No me refiero a una unificación post beligerancia ni territorial, sino a una identidad nacional. Nuestro noble marino hoy da nombre a calles, avenidas y colegios; protagoniza series, películas, estampillas, monedas y billetes. Es el centro de innumerables actos cívicos y de representaciones escolares donde cientos de niños se pintan la barba que aún no tienen.

Al frente, ese mismo día, pero en otro barco, tenemos a un hijo de Arauco —de Lilco, precisamente—. Se trata de Juan Millacura, conocido en la mayoría de las fuentes como Juan Bravo. Sin embargo, sus fotografías no mienten: es un descendiente genuino de la tierra de Arauco, como lo fueron en el pasado Lautaro o Leucotón. Pese a ello, no goza de mayor memoria material, salvo por un par de calles nombradas genéricamente como «Grumete Juan Bravo». Hoy, en cambio, le rendimos homenaje en conjunto con Prat: ambos son arquetipos de un heroísmo y una claridad moral que tanto escasean en la actualidad.

Los dos fueron niños de origen humilde, como lo era la inmensa mayoría en aquellos años. Prat deambuló de lugar en lugar, pues su familia apenas tenía medios para mantenerlo; sobrevivió a duras penas a una infancia marcada por la fragilidad física y la enfermedad. Juan Millacura, por su parte, escapó de su casa a temprana edad y se enroló en la Armada. Se dice que fue entonces cuando cambió su apellido por el de Bravo; algunos investigadores señalan que su padre era Millacura, pero él decidió adoptar el nuevo apelativo- aunque no contamos con esa certeza- No fue el único soldado mapuche en las filas de la época, pero sí uno de los más destacados. ¿Qué importa el cambio de nombre ante su destreza?

El mismísimo Carlos Condell decía con orgullo: «Nunca se ha usado un rifle perdiendo menos balas que este negro». Su habilidad como tirador era tal que lo destinaron a la cofa —la parte más alta del mástil— para neutralizar desde las alturas el avance enemigo.

Prat no poseía esa destreza con la metralla ni la agilidad para los nudos, pero su entereza moral no tenía parangón. No dudó en navegar hacia la «boca del lobo» en un barco de madera. Fue amado por el pueblo porque no pertenecía a la élite; simplemente no eludió el destino que el hado le tenía preparado. Aquel 21 de mayo luchó con tal nobleza que el propio almirante Grau, tras la muerte del marino, se emocionó genuinamente. Grau proclamó su admiración, respetó sus restos y envió sus pertenencias a Carmela Carvajal con una conmovedora carta.

En contraparte, el marino peruano no correría la misma suerte más tarde, bajo el fuego de los cañones chilenos.

Aunque la leyenda suele ser imprecisa, guarda verdades fundamentales. La fragata Independencia intentó hundir a la Covadonga, y fue nuestro héroe de Arauco quien lo impidió rifle en mano. Se dice que abatió a dieciséis hombres que intentaban accionar el cañón para el tiro de gracia. Según especialistas, pudieron ser menos, pero lo cierto es que la Covadonga no fue hundida aquel día (irónicamente, sucumbiría a una trampa explosiva un año después). Millacura, al no dar tregua, sacó de sus cabales al comandante peruano Moore, quien optó por el espolonazo. Al virar en aguas poco profundas, la nave peruana encalló; ante tal oportunidad, Condell inutilizó la Independencia a cañonazo limpio. Prat no tuvo la misma suerte en su jornada, pero dio el salto a la gloria que lo mantiene hasta hoy en el altar de la patria.

Condell, cubierto de honores tras la victoria, no olvidó a Millacura. Compartió los aplausos con «el negrito Bravo», uno de los mapuches más fieros de la alta mar. El 23 de mayo de 1879, a Juan —quien en la práctica era casi un niño— se le impuso una corona de laureles. Aún resuena en las tierras ancestrales el discurso en su honor:
«En el menor de los héroes de la Covadonga queremos saludar a los marinos del 21 de mayo… Digno eres, valiente grumete, de la corona de laurel que con regocijo te presentamos, porque tú has probado que en Chile hasta los niños son leones cuando se trata de la honra nacional».

Juan viajó a Santiago escoltado por Condell y fue retratado para la posteridad. En su rostro se ven las huellas de su origen y la mirada de un niño que sostiene un fusil. ¿Dónde y cuándo murió? No hay registros claros. Pero su memoria fluye en los mares lafquenches, del mismo modo en que la presencia de Arturo Prat se siente en la inmensidad del océano.

A pesar de que la historia oficial a veces omite su nombre, hoy la Armada de Chile reconoce su hazaña como real.-

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