La lenteja, uno de los cultivos más antiguos de la humanidad, conecta tradiciones locales con historias que van desde Mesopotamia y Grecia hasta la cocina criolla, chilena e indígena
Por: Álvaro Vogel Vallespir
Profesor e historiador
Mayo de 2026
Varios crecimos escuchando los geniales acordes de Sui Generis: “lunes otra vez sobre la ciudad / la gente que ves vive en soledad”. Sin embargo, el primer lunes de mayo, en los hogares nacionales, se respeta tácitamente una antigua tradición: “el lunes de lentejas”, que unifica la historia nacional desde los remotos tiempos coloniales.
El cambio de mes —y de semana— viene lleno de prácticas atemporales. Una de ellas se mantiene desde la época del inquilinaje, cuando Chile era un país rural por antonomasia. Un rico y humilde plato de lentejas, recién preparado, sobre todo el primer lunes del mes de mayo, sirve para calentar el alma en las frías mañanas y augurar prosperidad en el nuevo ciclo dedicado a Maia, la diosa romana de la agricultura. No es un plato reciente en la historia de la humanidad: tiene una usanza milenaria y fue defendido por el gran filósofo Diógenes. Por aquellos años de la Grecia antigua —aún no la clásica—, las lentejas eran un alimento barato y popular en los Balcanes. Los filósofos le decían al pensador de Sínope que aprendiera a ser adulador; así comería lujosas preparaciones con los nobles. Pero Diógenes les respondía que, si aprendían a saborear las ricas lentejas, no deberían preocuparse de adular a nadie. Sabias palabras de un pensador que fue admirado nada menos que por Alejandro Magno, por entonces rey del mundo conocido.
Las lentejas llegan por vía marítima, junto con los conquistadores españoles, al igual que otras legumbres, para ampliar la dieta alimenticia. La mezcla de alimentos es, a la larga, el mejor ejemplo para explicar el concepto de sincretismo. Al final, los platos que comemos en nuestro suelo son únicos, pues combinan la cotidianeidad americana y europea. Quizás el plato que más representa esta idea es el charquicán. Los misioneros católicos de las distintas órdenes religiosas fueron los primeros en cultivar lentejas; en Chiloé se dan muy bien, al igual que en el sector central.
Aunque el primer día de la semana es el domingo, según las tradiciones religiosas, el primer día laboral es el lunes; por ende, las lentejas se asocian, desde la Colonia, a la abundancia, y entonces pasó a ser el plato oficial por excelencia. La temporada de legumbres secas comienza en mayo. El primer lunes de ese mes, el plato de lentejas fue infaltable en las mesas criollas. Para el cálculo del primer IPC, en la década de 1930, había un consumo anual de 4,6 millones de kilos de lentejas. Antes de fijar el lunes como el día de esta legumbre, en los inicios de la Colonia se consumía los domingos, ya fuera en una mesa noble o campesina; en definitiva, se inaugura con esto la cocina criolla. Con todo, comprar legumbres era un lujo: por ejemplo, en 1939 el salario en el campo era de 0,40 pesos al día, mientras que un arriendo en el mismo lugar costaba 50 pesos. Aunque la cuestión social ya estaba, en teoría, superada — aunque al parecer no—, conseguir alimento era una odisea para muchos.
En los parajes de Mesopotamia, cuando la Media Luna Fértil fue la primera región del planeta en poseer un óptimo climático, en las poblaciones aledañas —luego las primeras poleis—, la invención de la agricultura vino de la mano con el cultivo de la “perla terrosa”: la lenteja. Esta domesticación de la semilla la ungió como uno de los alimentos favoritos. Siempre fue una merienda humilde; volviendo a los tiempos de Diógenes, los griegos ya llevaban mucho tiempo consumiéndolas.
En una tablilla cuneiforme —el mismo estilo del Código de Hammurabi— se encontró la primera receta de un plato de lentejas, con una data de unos 3700 años anterior a la era cristiana. Por cierto, esta receta no venía sola: el famoso platillo ya se mezclaba con diversos ingredientes como ajo, sal, cebolla, carne de oveja y aceite de oliva.
La duquesa Martell ideó un recetario hacia 1900, donde se dio la maña de adoctrinarnos con ciertas preparaciones durante la cuaresma —por temor a Dios—, y detalla un puré de lentejas que podríamos cocinar mañana lunes. Dice esta duquesa: “Hervir estas legumbres verdes en caldo de pescados, añadiendo algunas ruedecitas de zanahorias y cebollas y un poco de aceite; cocidas que sean, se machacan en un mortero y se pasan por tamiz; este zumo se echa sobre pedacitos de pan frito, y luego que estén bien colados pueden servirse, advirtiendo que, si se quiere que el puré conserve el color verde, puede echarse el jugo de unas espinacas machacadas”.
Las lentejas de los sumerios —volviendo al valle fértil mesopotámico— eran una dualidad entre un bocado humilde y un manjar de dioses. Estas legumbres se cocinaban a fuego lento en honor al dios Ninurta, siendo, de paso, un sacrificio sencillo —sin animales heridos ni gente muerta—. Cuando cocines tus lentejas, recuerda que estás honrando a este dios de la agricultura y la caza de las primeras civilizaciones.
Ya hemos dicho que era un plato modesto en Grecia, pero los romanos le prestaron más atención. El inmortal Hipócrates —el del juramento que da origen a la actitud ética de los médicos— recomendaba las lentejas como medicina ante el estreñimiento. Por otro lado, el filósofo Séneca las consumía por coherencia con su premisa de que la filosofía no debe ser una teoría en libros, sino un bálsamo para la vida.
En el Génesis bíblico se relata un intercambio de antología: un plato de lentejas a cambio de los derechos de primogenitura. Vaya hambre debió tener Esaú, y qué gran cocinero debió ser Jacob. En síntesis, las lentejas valen diamantes: con un plato puedes comprar derechos de herencia.
Muchos connacionales viven de las copias externas, con cábalas y tradiciones. Comer lentejas a medianoche del Año Nuevo les traerá abundancia en los próximos doce meses, Ni Marx ni Adam Smith se atrevieron a tanto en sus teorías económicas. Pese a todo, es una creencia que tiene su origen en Roma. Este rito de la ciudad de las siete colinas se sustenta en el nivel nutricional de esta preparación, y en vísperas de un año nuevo era común regalar una bolsa de cuero con lentejas en su interior. Varias centenas de años después, la base alimenticia del ejército de Napoleón —aunque no lo parezca— fueron las lentejas: livianas y abundantes en las alforjas de los caballos. Como buen burgués, Napoleón las acompañaba con tocino y un vino tinto de ambrosía.
Un grupo de soviéticos, en 1982 —cuando aún existía la URSS—, tenía una estación espacial en órbita (hasta 1991), y, por supuesto, las lentejas fueron las primeras legumbres de la historia cultivadas en el espacio. Si alguna vez en el futuro se ve una matita en el infinito, los agricultores espaciales fueron los hombres de la estación Salyut 7.
Cuando mañana sea el primer lunes de mayo, recordemos entibiar el alma y el estómago con un plato de lentejas, las primeras del mes. Estaremos perpetuando una costumbre en Chile que tiene una data de al menos 400 años. Por cierto, estaremos honrando uno de los primeros cultivos de la historia de la humanidad, cuando el hombre protagonizó las más icónicas revoluciones: la neolítica. Faltó lo más importante: este plato debe ser acompañado con un vino tinto carmenere de los buenos, sin tanto sabor a madera, aunque un pinot noir no andaría mal. Salud.