¿Qué pasaría si cuestionáramos la historia oficial de la «pacificación» de la Araucanía? ¿O si relatáramos la guerra de Arauco desde otras fuentes primarias escritas por historiadores mapuches? ¿Las incluiría el MINEDUC en sus planes y programas?
Por Álvaro Vogel Vallespir
Profesor e historiador.
18 de agosto de 2026
Aunque parezca una pregunta lógica, cabe cuestionarse: ¿cuál es la narrativa oficial en chile de las etnias indígenas? Dicho de otra forma, ¿pueden los caciques y jefes locales de cualquier etnia ser sus propios historiadores?
La clave está en enseñar a manejar la historiografía y, por supuesto, la paleografía. Con ambas herramientas, sumadas a su rico legado oral, ancestral y cultural, la historia indígena no solo sería más objetiva, sino que estaría contada desde sus propios protagonistas, el valor agregado sería extraordinario. Esto permitiría culminar con el paternalismo académico de ciertos especialistas que suelen repetir mantras y clasificar a los indígenas como los «descubiertos», cuando muchas veces podría ser, al contrario. ¿Se han puesto a pensar, por ejemplo, si no sería mejor narrar cómo América descubrió a Europa?
Al final, el eufemismo europeo del «buen salvaje» se cae a pedazos. En un mismo periodo histórico, los mayas ya habían solucionado la infinitud de los números al añadir el cero y contaban con templos y pirámides —como en Mesoamérica— más altas y complejas que cualquier construcción europea de la época. Si de beligerancia se trata, la «guerra florida» o el juego de la pelota ahorraban tanto sufrimiento que resulta imposible compararlos con las guerras mundiales.
En la historiografía contemporánea, la microhistoria impulsada por intelectuales como Carlo Ginzburg —quien pasó al panteón de las grandes letras con su famoso libro El queso y los gusanos, traducido a más de veinte idiomas— relata los procesos desde una nueva óptica: la del bajo pueblo, la del anónimo, el campesino, el brujo. Se centra en la mentalidad de la persona corriente y se hace cargo de la historia vista desde abajo. Bajo este prisma, ¿qué pasaría si cuestionáramos la historia oficial de la «pacificación» de la Araucanía? ¿O si relatáramos la guerra de Arauco desde otras fuentes primarias escritas por historiadores mapuches? ¿Las incluiría el MINEDUC en sus planes y programas?
El caso de los caciques de etnias bolivianas que hoy relatan su propia historia lo resume muy bien: «Siempre fuimos objeto de estudio académico; hoy tomamos la palabra».
Todo partió por un taller de historia oral centrado en dos elementos del trabajo cotidiano de los historiadores: historiografía y paleografía. Estas técnicas metodológicas de las ciencias sociales fueron enseñadas a líderes indígenas para que pudieran escribir la historia de sus pueblos desde su mirada genuina. A todas luces, un hito inédito y de un valor patrimonial incalculable.
Antes de analizar el caso, desmenucemos brevemente para los lectores qué significan estos términos. La historiografía, para explicarla de manera sencilla, es la producción de libros de historia. Sin embargo, es mucho más que eso: es la forma en que se construye la historia a partir de un método que, aunque parezca paradójico, es tan riguroso como el científico, con la gran diferencia de que siempre implicará un análisis subjetivo, por más ética de objetividad que posea el historiador.
Aun así, esta reflexión sobre el pasado debe sostenerse sobre la base de las fuentes. Hoy en día, los testimonios pueden ser muy diversos: transitan desde una fuente primaria contada en primera persona hasta una estampilla o un volante publicitario. Por supuesto, la historiografía ha evolucionado desde la trinchera positivista hasta alcanzar enfoques como los de la Escuela de los Annales o la microhistoria italiana. Sin embargo, volviendo al punto: ¿cuáles serían las fuentes de los historiadores indígenas? Menuda y desafiante tarea sería revisar a los clásicos de la historia de Chile —como Barros Arana, Encina o Villalobos—, dado el evidente sesgo que presentan sus relatos al referirse a las etnias originarias.
La paleografía, por su parte, es una técnica más específica pero indispensable para leer documentos de siglos pasados. Una vez que se domina, la puede descifrar incluso un niño. La clave está en adentrarse en los modismos de antaño, pues siempre existen palabras propias de cada época y contexto. Se trata de interpretar textos antiguos mediante la caligrafía del pasado para usarlos como fuentes primarias. El paleógrafo allana el camino a los historiadores; desafortunadamente, aunque algunas escuelas de historia enseñan la técnica, no siempre lo hacen en profundidad.
Volvamos a los caciques. En Bolivia se encuentra la nación Yampara, de profundas raíces incas y un marcado sincretismo colonial. Su líder, el abogado Humberto Guarayo, fue uno de los beneficiados del taller de historia oral. Este cacique cuenta que, siendo joven, emigró a la ciudad para estudiar Derecho y defender los intereses de su pueblo. En el taller aprendió a leer documentos del pasado con técnicas paleográficas y a «leer entre líneas» las fuentes gracias al análisis historiográfico. Ciertamente, Humberto comenzó a cuestionar cómo se escribía la historia desde la óptica de los especialistas, ya que él poseía la otra mitad fundamental: el relato oral ancestral.
Este caso abrió otra batalla: la académica. La historia indígena deja de ser un mero objeto de estudio; ahora los indígenas tienen la palabra y pueden dar su propia versión de los hechos, algo en lo que ya incursionaron en el pasado historiadores como Miguel León-Portilla o Nathan Wachtel al rescatar la visión de los vencidos.
Uno de los detalles que llama la atención es cómo, cuando los indígenas visten su indumentaria tradicional, desde Occidente suele tildarse de «disfraz», ignorando que la textilería es una técnica y un arte milenario. Esta y otras experiencias de diez autores indígenas dieron vida a una monumental obra denominada Anuario de Estudios Archivísticos y Bibliográficos, disponible hoy en formato digital. Si bien los primeros anuarios contaban con la colaboración de historiadores externos, las últimas ediciones están integradas en su totalidad por voces indígenas, lo que otorga un inmenso valor a la interpretación de las fuentes desde sus propios protagonistas.
El fundador del programa, Máximo Pacheco, resume de forma magistral este aporte en un sencillo párrafo: «Es muy intenso el sentimiento de pertenencia, por eso les importa escribir su memoria». Por lo demás, nunca estuvo en duda la habilidad de los indígenas para el aprendizaje: jóvenes de 14 años leían con fluidez textos manuscritos del siglo XVII.
Quizás el siguiente paso deba darse en el campo de la justicia, reconociendo que el sistema judicial indígena suele ser sumamente eficaz y equitativo.
Finalmente, cerramos esta reflexión recordando que la historia la hacen las personas de su tiempo. Debemos ser capaces de construir un relato inclusivo y menos paternalista. La etapa del «buen salvaje» está superada; corresponde respetar la otredad y equilibrar una convivencia sana y pacífica entre todos los pueblos que merecen, con justicia, y respetando la autodeterminación.-