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sábado, octubre 31, 2026

El pueblo mapuche ejercía control territorial sobre la zona de Bariloche antes de la ocupación militar argentina

En medio del debate sobre la reforma de la Carta Orgánica de Bariloche, en Argentina, el periodista e investigador Adrián Moyano recupera antecedentes históricos de los siglos XVIII y XIX que documentan el ejercicio de autoridad mapuche sobre el territorio del Nahuel Huapi, antes de su incorporación al Estado argentino. Su investigación aporta elementos para examinar la tesis que presenta al pueblo mapuche como proveniente de Chile y ajeno al actual territorio argentino.


Por Adrián Moyano | Publicado originalmente en Sur Arriba, Argentina. Reproducido en DiarioMapuche.cl con autorización del autor.
30 de octubre de 2026


 

En el verano de 1794, y por tercera ocasión, una expedición española proveniente de Chiloé cruzó la cordillera por el paso Vicente Pérez Rosales del presente y descansó en las playas del Nahuel Huapi, donde hoy se emplaza Puerto Blest. Si bien quedó en la historia colonialista como un intento religioso, se conformó con 68 milicianos, cuatro soldados regulares, dos oficiales y apenas dos sacerdotes, uno de ellos el célebre Francisco Menéndez, cuyo apellido lleva un hermoso lago cordillerano en la provincia de Chubut.

Después de cada uno de los viajes anteriores, el sacerdote había viajado a Lima para informar al virrey sobre sus logros y frustraciones. Además, el financiamiento de las expediciones fue asunto oficial. Más allá de sus aspiraciones misionales, es decir, convertir a sus interlocutores al cristianismo, Menéndez tenía como misión contactar a otros españoles en las misteriosas —para ellos— intimidades de la Patagonia.

Después de un primer intento frustrado por el Paso de los Vuriloches en 1791, Menéndez y sus camaradas dieron con moradores a los que identificó como puelches. La palabra significa “gente del este” en mapuzungun. Por las descripciones que dejó en su diario de viaje, se sabe que el lonco Mankewenüy (Amigo del Cóndor) tuvo el dudoso privilegio de recibirlos. El encuentro se produjo a unos dos kilómetros del lago, sobre el río Ñirihuau, que hoy marca el límite municipal entre Dina Huapi y Bariloche (provincia de Río Negro).

Durante su marcha, el contingente había encontrado rastros de gente y animales en sitios donde hoy se levantan barrios del oeste barilochense. También observó papas, quinua, nabos y otras verduras, además de caminos usualmente practicados. Sobre todo, Mankewenüy evidenció recelo ante la presencia de los intrusos. En cambio, otra autoridad mapuche de aquellas tolderías, el también lonco Kayüko, se mostró más cordial e incluso sugirió que los forasteros podían “poblar” en las cercanías, seguramente con intenciones mercantiles. Aquel primer contacto duró poco porque Menéndez y los suyos volvieron a Chiloé con prontitud.

En 1793 retornaron los hombres del rey, de nuevo en verano. El reencuentro se produjo en los mismos parajes y, una vez más, la actitud mapuche ante la presencia huinca fue ambivalente. El religioso intentó cumplir con su cometido y se lanzó hacia el norte, con la colaboración de la gente de Kayüko. De sus escritos se desprende que alcanzó el río Collón Cura (provincia de Neuquén) y que sus ojos pudieron divisar el volcán Lanín. Las cosas quedarían más claras en ocasión del cuarto y último viaje, 232 años y algunos meses atrás.

Chicha y guanacos

El 10 de febrero de 1794, los hispanos se reencontraron con Mankewenüy y su gente en las nacientes del río Limay. La población de las tolderías era menor, porque sus moradores habían partido para procurarse chicha y guanacos. Un emisario se hizo presente para avisar a los intrusos que se aproximaba al paraje un “capitán de indios” que traía una carta o, al menos, es lo que entendieron el sacerdote y Nicolás López, jefe militar de la partida.

La inquietud fue in crescendo en el acantonamiento foráneo porque todos los días arribaban “muchos indios Huilliches” que se expresaban en otra lengua. Muy probablemente fueran aonikenks o tehuelches del sur, que tenían la costumbre de viajar por la Patagonia en sentido longitudinal, antes de ir a comerciar a Carmen de Patagones. El ánimo de los frustrados conquistadores debió enturbiarse del todo cuando una mañana, observaron que 53 nuevos toldos se habían levantado con familiaridad en la margen sur del lago y que sus habitantes comenzaron a reclamarles yerba y aguardiente en cantidades que no podían satisfacer. López la pasó definitivamente mal cuando en la tarde del 19 de febrero de 1794 compareció frente a Chulilaquin, quien no era capitán de indios sino una autoridad mapuche a quien seguían alrededor de 400 hombres en condiciones de combatir.

El oficial observó que su airado interlocutor ostentaba galones y un bastón de mando, evidencia de que estaba habituado al trato con huincas. El lonco se mostró ofuscado ante la ausencia de Menéndez en la reunión y bramó “que cuanto antes, nos marchásemos calladitos la boca”, según consta en el diario del sacerdote. Después del incidente, anotó el religioso: “Este cacique es un indio de mucha autoridad y poder entre esta gente, porque tiene muchos conas (soldados) y fue juntando muchos más. Están al sur de la laguna más de cuatrocientos indios y aún nos aseguran que vienen más”. El paréntesis está en su texto. Días después y algunos incidentes confusos mediante, los españoles hicieron caso y se retiraron del Nahuel Huapi para nunca retornar.

Medio siglo más tarde, el gobierno de Chile decidió promover la colonización alemana hacia Valdivia, ciudad cuya repoblación databa de dos siglos antes. En 1850, el presidente Manuel Bulnes nombró agente de Colonización a Vicente Pérez Rosales, quien trabajó especialmente para incentivar la llegada de los europeos. Ante la inexistencia de tierras fiscales desocupadas y a raíz de la espiral especulativa que se desató, Pérez Rosales decidió trasladar a los colonos alemanes a los márgenes del lago Llanquihue.


Mapa de los territorios indígenas del sur de América elaborado por el jesuita José Cardiel durante el siglo XVIII. La cartografía representa espacios de ocupación y circulación indígena a ambos lados de la cordillera de los Andes.


Otra intromisión

Como consecuencia se fundó Puerto Montt a comienzos de 1853. La decisión incidió también en el destino del médico oriundo de Renania, Francisco Fonck, quien luego de un período en Santiago, aceptó trabajar como facultativo en la naciente ciudad. Junto a su compatriota, el ingeniero Fernando Hess, se aventuraría en dirección al Nahuel Huapi, 60 años después del último viaje de fray Francisco Menéndez, sus soldados y milicianos.

La intromisión chilena se conformó en total con 10 hombres. Todavía vivía en Chiloé José Antonio Olavarría, quien, a sus 14 años, había participado de la última expedición del franciscano. Quizá por sus recomendaciones, el grupo se dirigió directamente hacia el lago Todos los Santos para buscar el río Peulla, es decir, el antiguo trayecto que los puelches del Nahuel Huapi utilizaron durante siglos para ir a marisquear al Pacífico. Fonck y sus hombres aprovecharon sendas abiertas el año anterior y el 12 de febrero de 1856, se dejaron maravillar por la grandiosidad del lago que tan esquivo se había mostrado ante los españoles.

Al descender hasta Puerto Blest –precisamente fue Fonck quien impuso ese nombre, en honor al intendente de Llanquihue, Juan Blest-, los viajeros encontraron restos de embarcaciones. Para seguir adelante confeccionaron una estrecha canoa en la que sólo entraban cuatro hombres. El hecho irrita a la xenofobia argentina: la pequeña embarcación enarboló la bandera chilena, anticipándose a la llegada de la celeste y blanca en más de 25 años.

Sin embargo, la entidad política que ejercía control territorial sobre el Nahuel Huapi a mediados del siglo XIX no tenía capital ni en Santiago ni en el Río de la Plata, era mapuche – tehuelche y decidía su destino de manera independiente. El 18 de febrero, el minúsculo contingente se detuvo: “saltamos a tierra en una punta que llamamos la de San Pedro”, anotó Fonck. Después de ensayar una breve exploración y como los víveres se agotaban, la canoa emprendió el regreso no bien el viento permitió la navegación. Pero en la noche que pernoctaron, sus tripulantes, procuraron “llamar la atención de los moradores de la comarca, si es que los hubiera, por una gran fogata”. Además, “dejamos clavada en la playa del mismo puerto la banderita chilena, como símbolo de la posesión de Chile y recuerdo de nuestro avance”, añadió el alemán.

Los cuatro hombres que encendieron fuego aquella noche veraniega no estaban solos. Su acción fue observada desde alguna de las playas o desde la intimidad de los bosques y la noticia llegó a oídos de quien asumía como responsabilidad la custodia del antiguo territorio puelche. Tiempo después de su reconocimiento, Francisco Fonck supo que Juan Renous, “un vecino prestigioso de Osorno y amigo del famoso cacique Llanquitruz, había recibido de éste un recado, expresándole su enojo por la violación de su territorio por los intrusos venidos el año pasado desde Llanquihue, y agregando que los castigaría en caso de que volvieran a entrar por ese lado”.

Control territorial

José María Bulnes Llanquitruz o Llangkitruf fue lonco principal entre los suyos entre 1852 y 1857. Para la fecha de la excursión trasandina en el Nahuel Huapi se encontraba en el momento culminante de su poderío y mantenía vínculos, tanto con las autoridades chilenas como argentinas. “Llanquitruz era el heredero de los grandes señores del Limay-Negro, del interior septentrional, Las Manzanas del siglo XVIII”, ratifica Julio Vezub. Aquello del señorío corre por su cuenta: en la manera mapuche de organizarse socialmente nunca hubo nada que se pareciera a la nobleza europea. No obstante, el historiador es concluyente al sostener que la protesta que ensayó Llangkitruf a través de su amistad osornina evidencia que “mantenía presencia y control directo sobre la región del Nahuel Huapi”.

De Chile quisieron venir los españoles y sus continuadores colonialistas, pero tuvieron que volverse. El pueblo mapuche es preexistente a toda forma estatal que asomara por estas latitudes. Los que vinieron de otro lado fueron los soldados del Ejército Argentino, pioneros de una serie de despojos que no hace más que multiplicarse hasta el momento mismo en que se redactaron estas líneas. Fonck y Hess también son recordados por otros lagos cordilleranos. En cambio, a Llangkitruf (casi) nadie lo recuerda.

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