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viernes, junio 26, 2026

De la Inquisión al Wetripantu: la maravillosa renovación de la humanidad

Los mapuches celebran el We Tripantu en el día más corto del año en el hemisferio sur, pues desde el día siguiente cada jornada habrá más luz solar; por ende, la naturaleza se verá beneficiada. Desde tiempos ancestrales, la importancia radica en la limpieza de la tierra por medio del agua; por consiguiente, se produce una fertilización natural. Todas las personas, las “che”, se benefician del Sol. En el fondo, se produce un diálogo terrenal y espiritual, un puente entre los habitantes y el astro.


Álvaro Vogel Vallespir
Historiador y Profesor de Historia
Junio de 2026


 

El solsticio de invierno, en los tiempos que corren, representa un patrimonio prácticamente universal, ya que marca una fecha simbólica para el renacimiento natural y espiritual relacionado con la cosmovisión de muchas culturas que lo tienen incorporado en su devenir cotidiano. Como en épocas pasadas, cada año sigue siendo importante, puesto que las esperanzas de las personas continúan siendo una cuestión de trascendencia solar. Honor y gloria al Sol y a su carro de fuego.

Algunas culturas que ya no existen solían renovar sus energías en el momento en que el eje de la Tierra alcanza su máxima inclinación respecto al Sol; empero, estas agrupaciones humanas han sido asimiladas por otras nuevas, logrando así un legado perpetuo. Stonehenge es un ejemplo palpable de que los vestigios del pasado no son solo monumentos sin sentido; esta idea la podemos aplicar a las pirámides, entre otras construcciones. Sin embargo, hay pueblos que siguen celebrando esta renovación —y conservando de paso su simbolismo— como los mapuches en nuestro país, que por estas fechas están ad portas de celebrar un nuevo año en términos occidentales, pero, en el fondo, una renovación ancestral para ellos: un nuevo ciclo solar.

En la prehistoria, el Sol era quizás el astro más importante: su nacimiento diario y triunfo sobre las tinieblas aseguraba la abundancia y hacía crecer los cultivos, lo que fue a la postre la piedra angular de la revolución neolítica —la agricultura— que marcó el fin de la Edad de Piedra. El famoso griego Hesíodo (Los trabajos y los días) dejó por escrito en sus textos que el Sol era el hijo de una pareja de titanes —Hiperión y Tea—, además de sus hermanas la Luna y la Aurora. Este hijo predilecto surcaba los cielos en un carro de oro en dirección este-oeste, sumergiéndose al final en los dominios de Poseidón.

También podríamos viajar a los Andes centrales, cuando los incas celebraban con exactitud el 21 de junio —invierno austral— el Inti Raymi o la fiesta del Sol para pedir por los cultivos, pues, cada día, el astro rey alumbraría más hasta el verano. Según la tradición, esta festividad comenzó a cobrar importancia con el inca Pachacútec, el mismo que inició la expedición a Chile para asimilar a los diaguitas y atacameños, quienes formaron parte del imperio local mediante los mitimaes. Egipcios y mayas no se quedaron atrás en esta importante fecha. Sin embargo, nos adentraremos en este artículo sobre la noche de San Juan en el Chile colonial y la importancia de este nuevo año para el pueblo mapuche.

La Inquisición y la noche de San Juan

La noche de San Juan es para nuestro país, y en especial para el sector sur, un buen ejemplo de síntesis sincrética entre el cristianismo, las adaptaciones coloniales populares y las prácticas ancestrales de Arauco mediante el We Tripantu. Juan Bautista es una de las figuras centrales del cristianismo, ya que es el personaje que marca el hito donde termina el Antiguo Testamento y comienza el Nuevo, además de preparar el bautismo de Jesús en el río Jordán.

Los jesuitas, en sus misiones del sur de Chile, tenían especial devoción por esta jornada de San Juan que culminaba con el rezo de largos rosarios. En la actualidad, esta noche sigue siendo recordada con preparaciones gastronómicas, momentos de comunión familiar —tan escasos en el presente— y rituales repetitivos para atraer la buena suerte, como si de un oráculo se tratara; tal es el caso de las tres papas. Los pehuenches del territorio le daban otro foco, pero, al final, se refuerzan las esperanzas del pueblo: algunos con una cosmovisión religiosa, otros mediante la práctica de costumbres como pelar las papas y otros simplemente para reencontrarse con sus familiares; al final, queda la memoria en su máximo esplendor.

El nacimiento de Juan Bautista —para la tradición católica— se sitúa el 24 de junio; en cambio, el solsticio es el 21 de junio con la salida del Sol que, a partir de ese día, entregará cada vez más luz. Pero vamos al punto. Cuando hablamos de la Inquisición, la mayoría se imagina torturas físicas y castigos dantescos, pero en lo medular llegó a Chile en 1570 —aunque con jurisdicción limeña— y se centró en prácticas más bien cotidianas (en lugar de suplicios) como, por ejemplo, censurar las costumbres paganas ocurridas en la noche de San Juan. ¿Cómo cuáles? Saber con quién me iba a casar luego de un conjuro o si tendría mejor suerte tras escoger una papa (pelada, semipelada o sin pelar). Pero no nos burlemos: hoy hay sesudos informes – y pagos millonarios- sobre las hojas de té y hasta el color de la orina. La Inquisición perdía su tiempo, sin duda, pues, sinceras o no, las creencias del pueblo eran, asuntos ingenuos e inocentes.

Lo normal era consultar el oráculo de San Juan, que consistía en tirar tres papas bajo la cama y sacarlas a ciegas al día siguiente para saber, por ejemplo, si habría matrimonio o soledad. Eran, en definitiva, creencias mundanas. Pedro de Lisperguer —el famoso abuelo de la Quintrala— fue la primera persona acusada de brujería por el Santo Oficio, aunque luego fue absuelto; no hubo hoguera ni paliza, pues era una persona de honor.

Pero el caso más bullado contra las prácticas de la noche de San Juan fue la acusación contra Dominga Gallardo. Dominga era nativa de Chiloé, lo que le daba aún más sabor a su “crimen”, pues las tierras chilotas en ese entonces gozaban de mala reputación por ser “tierras de brujerías”, donde el chivo macho era el rey de los brujos en su cueva de Quicaví. Dominga fue acusada en el tribunal del Santo Oficio de preparar un filtro amoroso y de magia negra, pues “ataba la agujeta”; es decir, quería unir a la fuerza a dos personas, nada lejano a la unión de parejas que hoy venden algunos tarotistas en pleno siglo XXI a vista y paciencia de todos. Los jóvenes de los ochenta eran siempre más prácticos, ya que mediante el juego de “La botellita envenenada” o “El cuarto oscuro” sus problemas amorosos quedaban zanjados de inmediato.

Siete mujeres declararon en contra de Dominga, pues afirmaban que la vieron convertirse en lechuza durante la noche de San Juan y volar hasta un cerro cercano. Este litigio de 1683 se debió a que la susodicha quería emparejar a sus cuatro hijas, quienes no tenían pretendientes, según las malas lenguas, porque eran feas. La acusación más grave para la Inquisición fue que Dominga tomó el cuero de un borrego que no alcanzó a nacer y frotó los cuerpos de sus hijas diciendo: “San Juan, San Juan, los cuatro mocitos aquí llegarán”, acompañado este hereje acto con cuatro cebollas y cuatro velas de sebo. Situación comparable con el “Galleta, galleta, que el gol se le meta” cuando tirábamos un penal con una pelota de papel en cualquier colegio de Chile.

Dominga declaró ante la justicia que se levantó a las cuatro de la mañana (todo en torno al número cuatro) a ver si las velas se habían apagado para el bien de sus hijas, todo esto antes de que saliera el Sol —la renovación del solsticio—. El padre Venegas, que hizo de inquisidor, la mandó a callar y la condenó a morir bajo el fuego, pero en Perú, para lo cual la embarcaron al Callao. Antes de partir, le dijo a su afligido esposo: “No te agobies, hombre, que este año saldrás de dos muchachas y, San Juan mediante, el venidero nos desprenderemos de las otras dos”. En 1684, dos de sus hijas contrajeron matrimonio. Honor y gloria al solsticio y a las brujerías de San Juan.

El We Tripantu

La nueva salida del Sol y la renovación de un ciclo es lo que marca la diferencia con la Navidad y el Año Nuevo occidental, este último alineado con la festividad romana Sol Invictus —que evolucionaría a la Navidad—. Es una gran diferencia con Occidente, pues el Sol renueva la vida de los cultivos proporcionando un bienestar ancestral, y no una celebración mercantilizada como la Navidad anglosajona, las comilonas y los comas etílicos sin sentido de fin de año.

Los mapuches celebran el We Tripantu en el día más corto del año en el hemisferio sur, pues desde el día siguiente cada jornada habrá más luz solar; por ende, la naturaleza se verá beneficiada. Desde tiempos ancestrales, la importancia radica en la limpieza de la tierra por medio del agua; por consiguiente, se produce una fertilización natural. Todas las personas, las “che”, se benefician del Sol. En el fondo, se produce un diálogo terrenal y espiritual, un puente entre los habitantes y el astro. Los mayas lo entendían así y lo inmortalizaron en el Popol Vuh cuando se quejaban de que los españoles habían venido a “Castrar al Sol”.

El We Tripantu es, en definitiva, una ceremonia asociada a la nueva salida del Sol donde se recogen y recolectan los frutos de la tierra —por eso se occidentaliza la idea de la gastronomía en la noche de San Juan—. Por otro lado, hay un agradecimiento al Dios creador (Chaw Trokín) por las cosechas del año, pero lo más importante, por las que vendrán; por eso se genera un sentido de pertenencia a la tierra (gente de la tierra) y a la reunión familiar.

El 21 de junio, por consiguiente, marca la última luna de otoño y el comienzo de las grandes lluvias, abriendo un periodo de descanso y purificación. Durante la Guerra de Arauco, las campañas militares paralizaban sus escaramuzas. Luego tenemos todo un sentido ordenado y secuenciado: el tripantu (periodo de siembra) y el nacimiento de las crías (por ejemplo, los pájaros rompen sus huevos en primavera); viene el antüngü, que es el verano y su punto máximo de crecimiento de los cereales y la abundancia de los frutos de la tierra, para culminar con el alejamiento nuevamente del Sol y la caída de las hojas de los árboles. Para los antiguos, el año mapuche tenía 13 meses sobre la base de un año lunar con 364 días.

Los antiguos tenían una emotiva ceremonia que se iniciaba con una solicitud de permiso a las fuerzas espirituales; luego de eso, se congregaban en el atardecer, en los últimos rayos de luz, para despedir el año que se va. A medianoche se volvían a reunir con otro ritual que marca el recibimiento del nuevo año y, al salir el Sol al amanecer, se bañaban en las aguas de un estero o una vertiente. Luego, en esa nueva mañana, se golpeaban los árboles para renovar sus fuerzas. El solsticio es transversal: cada pueblo lo asocia a sus necesidades y cada cultura le añade nuevos elementos. Lo fundamental es, en todo caso, que hay un respeto genuino y admiración por el Sol.

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