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viernes, agosto 21, 2026

La historia mapuche que Bariloche dejó fuera de su memoria

El autor de esta columna, Adrián Moyano, recupera una historia que recuerda una realidad anterior a las actuales fronteras entre Chile y Argentina: el pueblo mapuche habitaba y continúa habitando a ambos lados de la cordillera de los Andes. El propio relato muestra los vínculos, desplazamientos y relaciones entre comunidades del Puelmapu y del Gulumapu como parte de un mismo territorio histórico mapuche.

A fines del siglo XIX, estas tierras fueron incorporadas al Estado argentino mediante campañas militares que provocaron despojos, desplazamientos y la subordinación de comunidades indígenas.

El relato recupera una parte de esa historia silenciada y muestra cómo hombres y mujeres mapuche continuaron participando de la construcción social y política de la región. Su trayectoria permite mirar la historia de Wallmapu desde quienes la vivieron, pero quedaron durante décadas al margen de la memoria oficial.


Por: Adrián Moyano. Es periodista, escritor y licenciado en Ciencias Políticas.
Bariloche, 21 de agosto de 2026
Publicado en desinformemonos.org


El 8 de marzo de 1896, Francisco Moreno y sus acompañantes cruzaron el Limay a poca distancia de su nacimiento, en el Nahuel Huapi. Era la tercera ocasión en que llegaba a las orillas del legendario lago, ahora para desempeñar el rol de perito en límites que le había atribuido el gobierno argentino. Once años después de que se agotara la resistencia armada del pueblo mapuche, Chile y la Argentina se apuraban por repartirse el territorio recientemente conquistado y sus elites tenían urgencia por establecer por dónde pasaba la frontera, hasta entonces inexistente. Fue con ese cometido que el porteño y su gente se valieron del bote de Jarred Jones, un colono estadounidense que había acumulado una cantidad considerable de tierras, para arribar a la orilla derecha del anciano río. Con precisión, el perito estableció que el cruce se produjo hacia la estancia de Gabriel Zavaleta. Con idéntica exactitud, consignó que, sobre el mediodía, el contingente arribó “al campamento Schiörbeck, a cargo del señor Bernichan y situado al pie de la barranca donde en 1880 tuve mi campamento, en la choza abandonada del indio valdiviano Guaito”. Los dos primeros conformaban la Subcomisión de Límites que precisamente, trabajaba en deslindar jurisdicciones estatales. Pero ¿quién fue “el indio valdiviano Guaito” y por qué había abandonado su vivienda?

Historiadores contemporáneos establecieron que el aludido fue secretario del lonco Antonio Modesto Inakayal, a quien, en el verano de 1876 Moreno había adjudicado el carácter de “dueño de la costa del lago”, al constatar que era el responsable político de un poblado que se alzaba en su margen sur. Desde ya, el concepto de propiedad privada sobre tierras era ajeno a la idiosincrasia mapuche mientras se prolongó su libertad, pero de las observaciones del entonces espía se desprende que los espacios que volvía a recorrer 20 años después de su primera intrusión formaban parte del territorio mapuche.

Balsa maroma que instaló Jarred Jones para cruzar el Limay a comienzos del siglo XX

Leer y escribir colectivamente

Desde la década de 1860 y antes aún, estaba difundida entre los loncos que desempeñaban la función de interactuar con las autoridades huincas de Chile o la Argentina la práctica de contar con personas que supieran escribir en castellano. Los investigadores llaman “secretaría” a esa posibilidad de poner en escrito síntesis de las decisiones que se adoptaban después de los trawün (encuentros), pero también a la facultad de leer colectivamente las cartas que llegaban de Carmen de Patagones o la mismísima Buenos Aires para el caso de la Gobernación Indígena de Las Manzanas, es decir, la experiencia política que encabezó el lonco entre loncos Valentín Sayhueque. Además, los secretarios o chilkatufe en mapuzungun, también se preocupaban por archivar las misivas que tenían como destinatarios a las respectivas autoridades mapuches o bien, copias de los tratados que se acordaban. El más célebre que actuara por estas latitudes fue José Antonio Longkochino, quien ofició como secretario de Sayhueque entre 1874 y 1881, es decir, hasta que las tropas argentinas invadieron su antigua morada y arribaron por primera vez al lago Nahuel Huapi. El chilkatufe había estudiado en una misión religiosa en Chile, era huilliche (gente del sur) y tenía relaciones con lxs mapuche que residían al oriente cordillerano cuando no existía frontera alguna. Como las cartas que firmó junto con Inakayal Foyel tienen el mismo estilo, se asume que Waytu aprendió las fórmulas de formalidad de su colega Longkochino.

Por ejemplo, de comienzos de 1880 es una carta que Inakayal envió a Lorenzo Vintter “comandante de la línea militar del río Negro y Neuquén”, también con la firma de su chilkatufe, Antonio Waitu. La misiva hacía referencia a otra comunicación que había enviado Sayhueque en la que se pedía la liberación de 68 prisioneros y asumía su defensa. Los militares habían capturado a esos emisarios como represalia por la muerte de nueve troperos, que, en realidad, habían caído en un entrevero con otros mapuches. El texto también aludía a la ingratitud de Moreno y como evidencia de buena fe, tendría como portador a su propio hijo: Gutrac. Para tratar de incidir en el ánimo de los uniformados, Inakayal recordó que hacía 25 años que las relaciones entre ambas partes eran pacíficas y que inclusive, tanto Sayhueque como él habían pasado por alto un hecho de sangre que había tenido lugar 18 años atrás en Choele Choel, es decir, soslayaron represalias. El lonco atribuía su conducta a la “mediana educación que me dejó heredada en estos desiertos mi padre Guincaguala”, que consistía en tratar con verdad al “Superior Señor Gobierno de la Nación”, además de no perjudicar “a los vecinos pacíficos y trabajadores de Patagones”. Por otro lado, resaltaba que “jamás tengo pereza (en) circular las instrucciones a mis capitanejos y subalternos para el bien permanente de Patagones, dándoles a conocer que los asesinatos, robos y guerras es [sic] la desgracia y miserias”. Después de hacer otras declaraciones de vocación pacífica, se despedía pidiéndole a Vintter que se sirviera “recibir esta pequeña idea atentamente que conservo en el ejercicio de mi jurisdicción”, además de recomendarle la seguridad de su hijo”. En efecto, las fórmulas de cortesía de las que se valía Waitu eran similares a las que usaba Longkochino.

La casa de Tauschek que elogió Moreno. Antes vivió allí Antonio Waitu.

Vacío y presencia

La ofensiva final de las tropas argentinas contra Sayhueque y sus parientes, entre ellos Inakayal, se precipitó hacia 1881. Se estima que, por entonces, Longkochino había retornado a la Futra Willi Mapu (Gran Territorio del Sur). De hecho, reapareció en 1893 como secretario de un lonco huilliche durante un viaje a Santiago (Chile). Aunque el autor de esta columna no dio con otras informaciones, es muy posible que Waitu también retornara a su territorio de origen al aproximarse los soldados. De ahí que Moreno encontrara su “choza” vacía durante el verano de 1880.

Una década antes, cuando el inglés George Musters merodeó por estos territorios inserto en una caravana aonikenk (tehuelches del sur), Antonio Guaitu -así escribió su nombre el viajero- oficiaba de secretario de Foyel, primo de Inakayal y también persona de responsabilidades políticas entre los suyos. Desde ya, Waitu no vivía en soledad a la vista del Nahuel Huapi. “En el punto que he aludido, encontré chozas y allí acampé”, concedió Moreno. “Inacayal, propietario según él de las regiones del lago, había concedido permiso a algunos indios valdivianos, labradores, para que se establecieran en su campo, dando así los primeros pasos en la vía del progreso, tan poco hollada por el indio”, juzgó el forastero, con la soberbia que caracterizaba a lxs huincas a fines del siglo XIX. No vale ni la pena traer a colación que otros sembradíos fueron observados por los misioneros jesuitas dos siglos antes de aseveración tan despectiva, pero detengámonos en el vocablo que usó el perito en Límites para referirse a las viviendas de aquellos huilliches, porque una choza no es un toldo. Muy probablemente se refiriera a las ruka tradicionales, más comunes al oeste de la cordillera, hechas con paja.

El propio Moreno estableció en su viaje de 1896 que “esa choza (la de Antonio Waitu) había sido reemplazada por cómodas casas de madera, habitación del colono José Tauschek, cuyos cultivos y productos pastoriles tienen ya fama entre los colonos alemanes de Llanquihue”. Irrebatible ejemplo del colonialismo de asentamientos, aunque es verdad que el europeo se instaló en los antiguos dominios de Inakayal después de que el Ejército tuviera éxito en su proceso de limpieza étnica. Relatos de historiadores locales contemporáneos acuerdan en ubicar en el actual barrio Las Chacras la vieja posesión de Tauschek, es decir, en la zona este de Bariloche. Claro que silencian hasta el escándalo que antes residían allí mismo Waitu y sus vecinos, es decir, otros huilliches amigos de Inakayal y su gente. Preexistencia se llama. Silencio que se expresa a gritos.

Bibliografía

Moreno, Francisco (1896). Apuntes preliminares sobre una excursión a los territorios del Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz. Revista del Museo de la Plata. Tomo VIII Segunda Parte.

Pavez Ojeda, Jorge (compilador). (2008). Cartas mapuche. Siglo XIX. Santiago. Ocho Libros/Colibris.

Una ruka mapuche tradicional. Hubo varias en Nahuel Huapi antes de la llegada del Ejército

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