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viernes, junio 26, 2026

Wuñoy Tripantu en la Futawillimapu para recuperar del olvido la memoria secuestrada

La memoria de los nombres, está ligado a una herencia familiar y un lugar de origen. Develan una forma de relacionarnos con los antepasados, el  Lof y el wajontumapu.

Cada Uy mapuche tiene una antigüedad milenaria y a través de ellos, sentimos la energía que se materializaba en los cuerpos/territorios. El Uy nos revela El Az, la partícula más interna que nos compone y que traemos al mundo y se despliega con el tiempo.


Por: Bernardo Colipan Filgueira
Territorio Kunko


Cristo al que le han rezado todos mis parientes, reemplazó el Wiñoy Tripantu por San Juan Nguenechen.

Así, terminamos en la noche del solsticio de invierno, tirando tres papas debajo del catre de fierro. Si metíamos el brazo sin mirar y recogíamos la papa pelada el año iba ser malo, en cambio si salía la papa con cuero, la familia no iba sufrir escasez. Otros se miraban al espejo con una vela encendida, mientras el hermano le apagaba la luz del baño.

En la misión Rahue se cantaba el ave maría, se rezaba por el santo San Juan y se pedía perdón al sacerdote por la culpa, por la culpa, por toda nuestra culpa.

Sólo en algunos territorios insurrectos, se seguía celebrando el Lakutun esperando el We Tripantu, la Nueva Salida de Sol.

La ceremonia ocurría cuando el pichiwentru y la pichizomo cumplían cuatro años. En el Lakutun se entraba al Ser, se lo nombraba, así ingresaba al mundo y nacía de nuevo con un nombre.

La semilla del árbol no sabe su forma, pero está segura que un día llegará a conocerla.

Choyum es el brote de las plantas y la manera como llamamos a los hijos.

El nombre era sugerido por un kimche que podía ver el Az y poner el nombre exacto, que llevaría la transformación del pichiwentro o la pichizomo.

Pentukun se llama la acción de ver la morada interna del Ser, ingresar en su mundo y encontrar el nombre que lo distinguirá de los demás.

Nuestros Uy/nombres, revelan el ámbar que traemos y que debemos pulir y hacer brillar, mientras dure nuestra vida.

Al nombrar las cosas y  sellarla con un nombre, tejemos nuestro Wallmapu textual.

El Uy nos revela El Az, la partícula más interna que nos compone y que traemos al mundo y se despliega con el tiempo.

Es la parte de nuestra personalidad que nos permite ser únicos como Alen, la luz derramada por los astros en la noche. Pelantaro, el traro que ve más allá del presente. Likan, el cristal que atrapa la pureza del Sol. Lemunantu, el bosque iluminado. Ilwen, el rocío de la mañana. Millalikan, el cuarzo dorado del Sol.

En cada nombre se funda el Ser y una partícula singular habita en nosotros.

Del che al chegnen se describe el sagrado tránsito de convertirse en persona y compartimos nuestras experiencias de crecimientos con los demás: triweche, wingkulche, foyeche, kurache, leufuche, kurrufche…

La memoria de los nombres, está ligado a una herencia familiar y un lugar de origen. Develan una forma de relacionarnos con los antepasados, el  Lof y el wajontumapu.

Las  familias/pangui pertenecen al linaje de los pumas. Su nombre, recuerda la alianza que hizo el primer antepasado con su espíritu tutelar que originó el linaje y es el guardián de todo el reñma, la descendencia hasta que el mundo sea.

No se vivencia al Uy  fuera de su espacio, su tiempo y su memoria.

El Piukewün significa llevar el nombre en el corazón.

El Poyewün, es la demostración de cariño hacia el nombre de una persona, que porta la herencia de un sentiterritorio.

El Sakiwün es el orgullo de amar y ser amado por la energía del nombre.

Toda vez que abrazamos nuestro Uy, vibramos con el Ayuwün, el ejercicio humano de construir una imagen de sí mismo por medio del amor.

El kiñel mapu es la tierra que identifica al grupo que porta el nombre. El reñma es el grupo familiar que viene del kiñe mollfun y tienen la misma sangre, el mismo olor, caminan igual, tienen el cabello del mismo grosor y se ríen con las mismas bromas.

Con el Uy abrazamos al Ser colectivo/ kupalme y al espacio/tuwun.

Cada Uy mapuche tiene una antigüedad milenaria y a través de ellos, sentimos la energía que se materializaba en los cuerpos/territorios.

Olfateamos y lamemos nuestras a nuestras crías, de la misma forma como lo hace el pülli que vive al interior de nuestro nombre.

Pero los hijos se pertenecen a sí mismo y ya tuvimos el tiempo de sentir su calor, lamer su pelaje y levantarlos con nuestro hocico, cada vez que se asustaban de ver una culebra verde jaspeada.

Los padres vienen a la vida a cometer errores, para enseñar a los hijos, que no se equivoquen.

Con el primer llanto que tuvimos al nacer, se borra la memoria que traemos.

El nombre permite recuperar del olvido la memoria secuestrada y escribir nuevamente la historia que portamos.-

 

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